Escraches, tensión y Estado

"Los escraches hay que atribuirlos al clima de tensión generado por el Gobierno, lo que no quiere decir que esté de acuerdo, sobre todo en un momento en que la persona está con la familia. Estoy en desacuerdo. Espero que el Gobierno reflexione sobre su actitud de dividir a la sociedad entre buenos y malos", Mauricio Macri, Jefe de Gobierno Porteño
"Necesitamos tener un poco de serenidad, principalmente quienes gobiernan. Se está fomentando un clima cada vez más intolerante", José Manuel De La Sota, gobernador cordobés.
"No comparto los escraches ni los insultos públicos -dijo-. Pero es evidente que estas manifestaciones son producto del clima de irritación colectiva que inculcó este gobierno", Ricardo Gil Lavedra, Diputado de la UCR.
"El gobierno inventó el escrache en los medios oficiales y se dedicó a degradar a los que no obedecemos sus designios. Demasiados esbirros nos pegaron duro y bajo, desataron vientos sin asumir que están sembrando tempestades", Julio Barbaro, en el diario Clarín
"Ambos casos [escraches y piquetes] no sólo revelan cualidades obvias o triviales del carácter de tantos ciudadanos (muestran lo intolerantes que somos), sino que dan cuenta de ciertos rasgos básicos de nuestro sistema institucional. Por un lado, dejan en claro la precariedad de ese esquema institucional, que cuenta con pocos -o demasiado corroídos- canales para vehiculizar nuestras quejas. Por otro, expresan una penosa certeza compartida: la de que no tiene sentido transitar los caminos institucionales de la queja. Sólo las vías extrainstitucionales parecen ser apropiadas, ya sea para dejar constancia de nuestras demandas o, al menos, para obtener alguna módica atención pública." Roberto Gargarella, en La Nación.

Pienso que es más de lo mismo exacerbado por la ausencia de noticias del verano.

Por un lado la lógica emisor - receptor: la oposición le habla sobre todo a las personas que consumen medios de comunicación de manera frecuente, a las personas que ya están alejadas del proyecto nacional y popular que promueve el gobierno desde el Estado.

Por otro lado, las palabras de tensión, que separan en bandos ("irreconciliables", como dijo la Iglesia) parecen profetizadas por la oposición más que por el oficialismo, cada vez que desde los medios se busca fomentar el odio con mentiras o con parodias personales (como en el caso del programa de Lanata). Lo mismo cuando la oposición reprime protestas, gestiona sin cuidado de los sectores populares o insulta al gobierno nacional, pida o no perdón después.

Sin embargo, no se trata de palabras, sino especialmente de hechos. Sin esfuerzo económico-cultural de un sector no se puede construir un país inclusivo de todos los sectores. Y ese esfuerzo sólo puede ser cristalizado desde el Estado. Contamela que no haya tensión, dado que el esfuerzo lo tienen que sufrir los sectores acomodados. Es natural que así sea. Pero hablamos de esfuerzo económico cultural porque se trata de cambiar patrones culturales de conductas económicas, no tanto de ajustarse, sino de contener la puja distributiva, especulativa y de privilegios relativa entre sectores.

Existe un sector oprimido desde hace años en la Argentina, especialmente desde la dictadura de 1976 hasta 2003, según mi verdad relativa. Y por tanto, y en simultáneo, existe un sector acomodado que fue ganando privilegios en ese tiempo. A medida que la distribución del ingreso empieza a igualar los niveles de riqueza, los sectores que pierden preponderancia económica entran en tensión. El ejemplo más fuerte es el que existe con el dólar: se le pide al gobierno que abra las compuertas para permitir la clásica especulación contra el peso del ahorrista argentino. Pero una acción de ese tipo perjudicaría, lógicamente, al que se mueve sólo con pesos, es decir, la gran mayoría del país. Ergo, tensión.

El Estado puede destinar recursos para los sectores populares, y generar un cierto tipo de conflicto, o puede no destinarlos (como en los 90s) y generar otra clase de conflictos. Los conflictos existentes actualmente son mucho más constructivos que el conflicto por hambre y pobreza que sufríamos en los 90s. 

Por tanto, dos cosas. Una, no se trata de las divisiones y los bandos irreconciliables, sino que la tensión existe porque se busca desde el Estado, unir e incluir a todos y quitar la preponderancia y los privilegios de un sector sobre otro. Y dos, a la luz de lo mucho que falta para lograr niveles de riqueza, igualdad  y bienestar propios de países desarrollados en todos los sectores, que ya empiecen a ocurrir estas cosas nos muestra un claro desafío que el gobierno debe comprender si quiere sostener en el tiempo un proyecto de inclusión, nacional y popular. 

Comentarios

Mariano T. dijo…
No obedece mayormente a hechos concretos de índole económica.
El manual Laclausiano del populismo necesita un enemigo. El oficialismo aplica ese manual señalando en cada discurso, concreta o difusamente, ese enemigo, que no lo sería solamente de su proyecto político, sino del pueblo, de la patria y hasta de la humanidad.
Estas son las consecuencias de ese proceder, si un funcionario se quiere mimetizar con el "enemigo", es repudiado. Si se organiza un acto donde un funcionario corrupto no garantiza presencia abrumadora de su propia claque, es abucheado.
Son acciones espontáneas, no como cuando en una exposición oficial se ponen fotos de periodistas para que los hijos pequeños de los militantes nacionales y populares los escupan.
O cuando en vez de apelar al patriotismo para veranear en casa, se le enrostra a los que la lotería de Babilonia no les entrega dólares, que se debe a que "algo habrán hecho".
Coincido en que es el panorama que tendremos los próximos años.
Sí, espontáneas. Creo que es un tipo de conflicto con el que tenemos que aprender a convivir, porque siempre es mejor este conflicto que el conflicto de los piquetes por falta de trabajo. Y creo que sí, que todo depende de privilegios y disputas donde la prenda de éxito (el indicador de éxito) es económica. Es natural que exista este conflicto, no debería poner nervioso a nadie, ni mucho menos cambiar el rumbo de las políticas de Estado, que acá es lo que más importa.

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