Legitimidad con desempleo en Latinoamérica

De la misma forma que los gobiernos populares de Latinoamérica aprendieron a segmentar sus políticas para bajar el desempleo, en función sobre todo de medidas macroeconómicas, la derecha enfrentada con el Estado interventor aprendió a segmentar el discurso para participar a todos los estratos sociales de los problemas identificados por ella, y así construir una hegemonía, con cuotas mínimas de consenso en los sectores beneficiados por los gobiernos populares. Pero hay un sector que sin ser el más beneficiado por las políticas liberales (como podría ser el sector sojero, en nuestro país, o los bancos, etc.), se siente favorecido por un Estado menos interventor.


¿Por qué?

En un mundo donde todo va cada vez más rápido Latinoamérica transita un doble sentido en la tecnificación que dota de velocidad a los procesos de trabajo. Esa velocidad, muy vinculada con la eficiencia, con el mejor resultado sobre el par costo beneficio, merece la atención de un sector social, trabajador, muy vinculado al resto del mundo, por las empresas donde trabaja o por las tareas que realiza, que requiere la explotación "a full" de todos los recursos a mano. No se trata de un sector que le preocupe el desarrollo de largo plazo, está mirando otra cosa. No hay forma de construir un desarrollo sin trabas del Estado que lo orienten. No les importa.

Mientras, por otro lado, existe otro sector, en nuestra región, más vulnerable, que vive "50 años atrás" que para poder vivir mejor necesita menos eficiencia, necesita que la ineficiencia tecnológica se traduzca en producciones trabajo intensivas. Es decir, precisa que proliferen los trabajos de albañil, de mecánico, de gasista, de mozo, de personal doméstico, de cadete, etc.

De este modo, surge una brecha notable. Por un lado, una parte de la población, profesionales, urbanos mayoritariamente, que trabajan en red, con herramientas colaborativas, sin horarios, mezclando vida laboral con privada, a toda velocidad. Para este sector, el Estado es una traba. Molesta, jode. Los trámites que pide el Estado entorpecen la eficiencia, de poder cumplir con la tarea que se quiere hacer, o que el empleador demanda.


Populismo contra neoliberalismo

Para este sector social el populismo, así llamado, es un estorbo, pone trabas por todos lados, jode la vida, no importa mucho por qué, con qué objetivos, importa que esas trabas no existan más, no para trabajar más, siempre se está a todo lo que da, sino para poder cumplir con más eficiencia con las necesidades que exige este tiempo de alta velocidad.

El Estado interventor, llamado peyorativamente populismo, en Latinoamérica funciona mejor en su objetivo de generar empleo o bajar el desempleo, cuando hay crecimiento y recursos. Cuando no los hay, y tiene que sostener los logros sociales, las conquistas, los derechos (muchos de ellos monetizados), se ve en la obligación de acelerar el proceso de trabas, protecciones, que generan una ineficiencia mayor en el entramado productivo, pero a su vez sostiene el consumo interno y el trabajo. Eficacia social vs. eficiencia privada del sector más tecnificado del proceso productivo.

Esto se pudo ver en Latinoamérica en su conjunto entre 2003 y 2013 (ver gráfico 1, click para agrandar), desde entonces cada gobierno a su manera busca sostener lo logrado, cruzado por democracias muy débiles, frente a la presión creciente de medios de comunicación y los avances del poder judicial.

Los casos recientes del triunfo electoral de Macri o la salida por la fuerza del juicio político de Dilma se enmarcan en estas reconfiguraciones a favor de la eficiencia, de los sectores de poder transnacionalizados, sobre todo con penetración financiera.

Gráfico 1 (datos del FMI):


Gráfico 2 (datos Banco Mundial) :



En el gráfico 2 se puede observar que este proceso mejoró la distribución del ingreso en la región. Mostrando en 2013 en su punto más bajo a Uruguay y la Argentina. Pero sin embargo, esta mejor situación, en conjunto con estados fuertes, tuvo/tiene una fuerza contraria que busca que Latinoamérica "se suba al mundo". Y este subirse al mundo tiene que ver con acciones de trabajo que marchen a la misma velocidad que en el resto del mundo, de ese mundo internacionalizado. El discurso de "unir a los argentinos", quedaría entonces sólo en eso, en palabras.

La pregunta que queda abierta es cuánto desempleo requerirá para funcionar esta nueva etapa de eficiencia focalizada sobre procesos laborales de sectores urbanos con vínculos externos e intereses transnacionales. Esperemos que no tanto como en los 90s, aunque el contraste se va a sentir tanto o más que entonces. El FMI suele estimar que la aplicación de estas medidas baja el desempleo, cosa que no se verifica (en Brasil por ejemplo, estima que con estas medidas, luego de 4 años empezará a bajar).

¿Significa esto que la eficiencia es un problema? No, para nada, lo que sí es un problema es el desempleo. Por eso cabe planificar ese sendero, ir hacia el desarrollo de manera paulatina, mejorando los procesos productivos, absorbiendo tecnología, pero sin destruir empleo en el camino. Nadie dice que sea fácil, pero es imprescindible, porque el desempleo no es un costo, es el fracaso de un país que debe organizarse en función de todos y no sólo de algunos.

Cómo se resuelva este problema nos marcará para los próximos años, tanto para la reconstrucción de un modelo de acumulación como para la legitimidad lograda por estos gobiernos liberales.

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