El rol de la oposición en la Argentina tras el escenario de Bolsonaro en Brasil


El triunfo de Bolsonaro, el golpe de Estado parlamentrio que sufrió Dilma, la prisión de Lula, la justicia preventiva en la Argentina, son todos aspectos que gozan de alguna legitimidad social, se montan sobre el "podría ser", el imaginario colectivo valida mucho más que la existencia de pruebas fundadas. Y obviamente funciona mejor como penetración discursiva en el conjunto de las sensaciones sociales que si se tratara de pruebas, que muchas veces chocan con la idea que la sociedad tiene de un hecho o una persona. Un poco la definición de posverdad, posverdad es lo que resulte más sencillo instalar en las creencias sociales, no importa si es verdad. Los países en disputa se organizan como pueden, con broncas sociales, con esperanzas de cambios futuros que, a pesar de la improbable concreción, alimentan alguna expectativa de bienestar. Es un poco a lo que salga, muy propio del malestar que generan años de disputas violentas entre intereses en pugna en nuestros países.
Es triste pero lógico. Es parte de la magia. Una de las enseñanzas que deja este tipo de cambios abruptos, como la llegada de Temer, de Macri (que llegó con un discurso de cambio pero no abrupto, y sin embargo realizó un gobierno alejado de su electorado), o incluso Bolsonaro ahora, es que la sociedad evalúa el cambio como una salida superadora, incluso cuando un análisis en detalle mostraría que ésta no lo es. Porque no puede haber salida superadora sin producción, no hay política sin economía.
Entonces un buen gobierno, debe actuar pensando qué mejoras estructurales deja para el futuro. Por ejemplo en la Argentina, haberle dado vida a Invap, que acaba de colocar el satélite de observación Saocom 1 en órbita gracias al trabajo conjunto de CONAE, INVAP, entre otras instituciones educativas públicas y privadas del país, se trata de un satélite observador (un primo menor del Arsat) con usos agropecuarios, climáticos, etc, es parte de la buena herencia, pero no política, sino como un handicap que tiene el país.
Y en esas mejoras estructurales, se pueden incluir en la Argentina, la estatización de actividades estratégicas: Anses, YPF, BCRA (nueva Carta), Arsat, Aguas. Después son cosas que se pueden afectar, modificar, mejroar, pero gobernar es apuntar al largo plazo. Algo que Cambiemos no hace para nada.

Perfecto, o no, pero ahora bien, para mí, parte de la ensañanza de Bolsonaro en Brasil, es mostrarle a la ciudadanía otra cosa, antes que sea tarde, que puede haber unión política opositora con programa, incluso con diferencias entre los miembros. Creo que la oposición debe pensar cómo desactivar una opción como la del Partido Social Liberal en Brasil. La oposición tiene esta responsabilidad. Si no se terminan las mezquindades y la oposición va bastante dividida a las elecciones, todo es posible menos un triunfo.

Porque sino la visión de que la salida es productiva adquiere lugares ideológicos muy poco respetables desde las diferencias de género, sociales y culturales. Se admite la necesidad de producir más pero adquiriendo una lógica de revancha totalizante, poniendo en duda a cualquier otro que haya querido disfrutar de los derechos brindados por el Estado, suponiendo una acción desleal desde el resto de los sectores que fueron menos priorizados por ese Estado (o con esa sensación), dispuestos a incluso poner en tela de juicio valores democráticos. Claro que es peligroso. Parece un peligroso camino hacia populismos de derecha, que no crean sufuciente certidumbre en la sociedad organizada. Y Cambiemos podría ir adquiriendo cada vez más ideas y medidas de esa clase de totalitarismos, o bien una tercera fuerza lo puede encarar. No creo que convenga llegar a saberlo.

En Latinoamérica vivimos el drama de haberle dicho a sectores populares que el liberalismo económico podía traer bonanza en nuestros países, que son invadidos por negocios globales. El fracaso de esa opción, frente al poco aceptado éxito de otros esquemas, y en conjunto con el miedo al pasado, abre el juego a la locura política del totalitarismo nacionalista, que tiene una primera avanzada con Trump, pero en un país de fuertes instituciones. La misma lógica en Brasil o la Argentina es de pronóstico muy reservado.


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